Columna de Aldo Schiappacasse: El papa que le dio su único título a Atalanta

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Poco se sabe de las preferencias futboleras de Juan XXIII, el Papa bueno, salvo que tenía simpatías por el Atalanta, el equipo de su ciudad natal, Bergamo. Hay sólo un hecho, casual suponemos, porque sospechar de una intervención divina sería demasiado, que liga al Papa con la escuadra que alguna vez defendiera Carlitos Carmona. Angelo Guiseppe Roncalli murió el 3 de junio de 1963. Un día antes, el 2 de junio, el Atalanta ganó el único título de toda su historia: La copa de Italia. Puede decirse entonces que desde arriba permitieron que el Santo Padre no muriera sin haber visto a su equipo campeón.

Si de rarezas se trata, digamos que cuando fue proclamado Paulo VI, en 1963, la Federación catalana de fútbol amnistió a todos los jugadores que estaban suspendidos. Un Papa de visión muy política que utilizó, en más de una oportunidad, para intentar a la Europa dividida por los efectos de la Guerra Fría. Antes de la Eurocopa del 68, por ejemplo, lanzó un mensaje directo a las jerarquías políticas: "El fútbol es una visión de los hombres y de las cosas que va más allá del horizonte limitado que las barreras, a menudo alzadas artificialmente entre diversos pueblos, para separar a los hijos de una misma civilización y de un mismo continente".

De Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I, el hombre de la eterna sonrisa, hay poco que decir, porque su reinado fue breve. Sin embargo, entusiasmado por el Concilio Ecuménico de 1962, se atrevió a escribir una provocadora consigna que comparaba al fútbol con el debate teológico.

"Cuando hay un partido de fútbol -escribía - no todos los espectadores comprenden y gustan del mismo modo. Uno conoce las reglas del juego, las funciones precisas del portero, de los laterales, los defensores, los centrocampistas; conoce los trucos y los movimientos: apreciará las jugadas logradas, la técnica y la habilidad de las maniobras y de los tiros, se entusiasmará con inteligencia. En cambio, quien no conoce, gustará muy poco. El concilio ecuménico, que se abrirá dentro de seis meses en Roma en la Basílica Vaticana, es una especie de partido extraordinario. Los jugadores son más de dos mil obispos; árbitro, en cierto modo, es el Papa, sirve como estadio el mundo entero; entre los espectadores, por medio de la radio y la tv, estaremos todos nosotros".

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