Por Fabián Pizarro Arcos
Durante las últimas décadas, la política exterior chilena mantuvo una relativa continuidad en un aspecto fundamental: la relación con China. Gobiernos de centroizquierda y centroderecha entendieron que el vínculo con Beijing trascendía las diferencias ideológicas internas y respondía, principalmente, a intereses estratégicos de largo plazo.
El escenario internacional actual es muy distinto. Hoy, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China obliga a muchos países -incluido Chile- a navegar un complejo tablero geopolítico donde las señales diplomáticas son observadas con atención tanto en Washington como en Beijing.
Y es precisamente en ese contexto donde el gobierno de José Antonio Kast enfrenta uno de sus desafíos internacionales más delicados.
Antes de llegar a la presidencia, Kast manifestó en distintas ocasiones posiciones críticas hacia China. En varios debates públicos y entrevistas, mostró una evidente cercanía con las posiciones internacionales del Partido Republicano estadounidense y una visión favorable hacia el fortalecimiento de las relaciones con Washington.
Su discurso político históricamente se alineó más con sectores conservadores occidentales que observan con desconfianza el ascenso chino, especialmente en temas relacionados con seguridad estratégica, tecnología y disputa geopolítica global.
Ese posicionamiento generó dudas en algunos sectores empresariales y diplomáticos respecto de cómo podría evolucionar la relación entre Santiago y Beijing bajo una eventual administración encabezada por Kast.
Sin embargo, una vez instalado en La Moneda, la realidad del poder suele imponer matices.
Chile mantiene una dependencia comercial significativa respecto de China. El país asiático es, por amplio margen, el principal socio comercial chileno y el principal comprador de cobre, litio, cerezas y otros productos estratégicos nacionales. Además, empresas chinas participan en sectores relevantes como energía, infraestructura, transporte eléctrico y telecomunicaciones.
En otras palabras, más allá de las diferencias ideológicas o de las afinidades geopolíticas, resulta extremadamente difícil para cualquier gobierno chileno mantener una relación distante o confrontacional con Beijing sin afectar intereses económicos concretos.
Por eso, uno de los primeros gestos que deberá observarse con atención será el nombramiento del nuevo embajador chileno en China. Más allá del nombre específico, la designación representa mucho más que un cargo diplomático: funciona como una señal política respecto del tipo de vínculo que el nuevo gobierno pretende construir con Beijing.
En diplomacia, las formas importan. Y en la cultura política china, probablemente más todavía.
China valora profundamente la estabilidad, la continuidad y las señales de respeto institucional. Un embajador con experiencia, conocimiento de Asia y capacidad de diálogo puede transformarse en una pieza clave para evitar tensiones innecesarias y fortalecer la cooperación bilateral, incluso en contextos de diferencias políticas o ideológicas.
El desafío para Kast parece evidente: mantener una relación sólida con Estados Unidos sin deteriorar el vínculo estratégico con China. Y esa tarea no será sencilla.
La disputa tecnológica entre ambas potencias, las tensiones en torno a Taiwán, la competencia por minerales estratégicos como el litio o las presiones sobre infraestructura digital podrían situar a Chile en situaciones diplomáticamente incómodas durante los próximos años.
Hasta ahora, la política exterior chilena intentó mantener cierto equilibrio pragmático: profundizar la relación económica con China sin romper otras alianzas. La gran pregunta es si el gobierno de Kast mantendrá esa lógica de equilibrio o si, por el contrario, inclinará más claramente su política exterior hacia Estados Unidos.
Convertir la relación con China en un tema ideológico sería un error estratégico muy grande porque China no es solamente un actor político distante: es una pieza central de la economía chilena. Cualquier deterioro relevante en la relación bilateral podría tener efectos concretos sobre exportaciones, inversiones y estabilidad económica.
En este escenario geopolítico cambiante, la diplomacia profesional adquiere una relevancia enorme. Más allá de las posiciones ideológicas internas, Chile necesita una política exterior capaz de actuar con pragmatismo, estabilidad y visión de largo plazo. Más diplomáticos de carrera y menos "amiguismo" y favores políticos.
José Antonio Kast llega a la presidencia con una identidad política claramente cercana a Occidente y particularmente alineada con Washington. Pero la realidad internacional podría obligarlo a ejercer una diplomacia más clara de lo que vimos durante la campaña.
En política exterior, las convicciones importan. Pero los intereses nacionales también.
Para Chile, mantener una relación estable, madura y estratégica con China seguirá siendo una necesidad mucho más profunda que cualquier simpatía ideológica circunstancial. Porque más allá de las ideologías, ningún gobierno chileno puede ignorar el peso que hoy tiene China sobre la economía del país.