Cinco años después de la toma de Kabul, hombres que figuraban en listas de sanciones y recompensas internacionales gobiernan desde oficinas oficiales, donde además antiguos comandantes de la insurgencia talibán reciben delegaciones extranjeras, firman concesiones mineras y negocian acuerdos de repatriación con funcionarios europeos.
En sus documentos oficiales, ese gobierno firma como "Emirato Islámico de Afganistán", el nombre oficial de la dictadura teocrática que se instaló el 15 de agosto de 2021.
El aislamiento internacional diseñado hace un lustro se erosionó cuando las cancillerías extranjeras asumieron que el régimen no cedería ante la presión y que la necesidad de contener las amenazas yihadistas, mantener abiertas las rutas comerciales y gestionar la migración terminaría imponiendo las prioridades de seguridad y economía sobre las exigencias de apertura democrática.
El quiebre del cerco regional
La Rusia de Putin se convirtió -en julio de 2025- en el primer país en reconocer formalmente al gobierno talibán desde su regreso al poder, aunque la ausencia de reconocimiento oficial dice cada vez menos sobre la relación real con Afganistán, donde China mantiene contactos diplomáticos y económicos regulares e India, que evacuó su embajada en agosto de 2021, recuperó primero una presencia técnica y volvió a elevarla al rango de embajada en 2025.
Sin esperar a Occidente, un vecino abrió oficinas comerciales en Kabul, multiplicó las misiones oficiales, movilizó a 300 empresarios y proyectó un ferrocarril a través de Afganistán para conectar sus mercancías con los puertos de Pakistán: Uzbekistán, sin salida al mar, entendió que su acceso al océano pasa por negociar con los talibanes.
En junio de 2026, las presiones de la política interior europea llegaron también a Bruselas, donde la Unión Europea recibió a una delegación talibana para coordinar el retorno de ciudadanos afganos en una negociación que la diplomacia comunitaria acotó al ámbito operativo y separó del reconocimiento político.
Las líneas rojas que dejaron de bloquear el diálogo
El acercamiento resulta más significativo porque apenas han cambiado las cuestiones que provocaron el aislamiento de los talibanes, a pesar de que gobiernos occidentales y organismos internacionales reclamaran tras la caída de Kabul un Ejecutivo inclusivo, garantías frente a organizaciones extremistas y avances en los derechos de mujeres y niñas como condiciones para una normalización más amplia.
Cinco años después, Afganistán continúa sin elecciones ni parlamento electo, las niñas siguen excluidas de las enseñanzas secundaria y universitaria, y las mujeres además afrontan severas restricciones laborales y sociales. De hecho, los teocráticos en el poder eliminaron cualquier restricción de edad a los matrimonios, que son decididos por el tutor hombre.
Hablar sin reconocer
La diplomacia con Kabul se basa en negociar comercio, seguridad o deportaciones con la autoridad que controla el territorio, sin otorgarle reconocimiento formal, un equilibrio que permite al régimen talibán reducir su aislamiento con cada nueva delegación y a sus interlocutores operar sobre el terreno sin asumir el coste político de una normalización plena.
Ese margen tiene límites porque "su política exterior no ha conseguido el reconocimiento formal, relaciones diplomáticas normales ni el asiento de Afganistán en Naciones Unidas", explica a EFE el analista político Aziz Marij, quien subraya que buena parte de los contactos actuales responden "a intereses prácticos más que a un reconocimiento político".
El límite del pragmatismo
Rusia sigue siendo la excepción en el reconocimiento formal, los talibanes no han logrado que la ONU los reconozca en la organización como los representantes de Afganistán y el país continúa sometido a fuertes restricciones bancarias y financieras que dificultan las inversiones y las transacciones con el exterior.
Los talibanes siguen buscando una legitimidad internacional que no han obtenido, pero cada vez necesitan menos de ella para conseguir que otros países hagan negocios, negocien fronteras o sienten a sus representantes a una mesa. El mundo todavía no ha aceptado plenamente al "emirato", pero ha aprendido a tratar con él.