A los 46 años y con una filmografía de sólo seis películas, Emir Kusturica ya tiene un lugar asegurado en la cinematografía mundial de fines del siglo XX, aunque el rumbo futuro de su carrera permanece como una incógnita. Una carrera que lo ha tenido como uno de los realizadores favoritos de los principales festivales de cine: sus premios incluyen dos Palmas de Oro en Cannes, por Papá salió en viaje de negocios (1985) y Underground (1995), además de ganar como mejor director en 1989 por Tiempo de gitanos. También ha logrado el Oso de Plata en Berlín por Sueños en Arizona (1993) y el León de Oro en el Festival de Venecia de 1998 con su más reciente largometraje, Gato negro, gato blanco.
La enorme estatura del director le da una imponente apariencia de oso, acrecentada con su fama de gruñón. Nacido en 1954 en Sarajevo, Kusturica llamó la atención con los cortometrajes y mediometrajes realizados mientras estudiaba cine en Praga durante la década de los 70, pero la fama internacional llegó en 1981 con su primer largometraje, el único de los suyos que no fue estrenado en Chile: ¿Te acuerdas de Dolly Bell?. Y desde entonces nadie lo paró: conmovió en 1985 con Papá salió en viaje de negocios, la visión de un niño sobre cómo su familia es afectada por la dura realidad de la Yugoslavia de principios de los 50; y cautivó en 1989 con la mágica Tiempo de gitanos, donde actores no profesionales interpretaban una mágica y trágica historia que mezclaba la iniciación física y mental de un joven, las tradiciones zíngaras y el contrabando de niños.
La dura situación de los Balcanes lo obligó a radicarse en Estados Unidos, donde hizo clases de cine en la Universidad de Columbia y en 1993 logró algo que pocos emigrados europeos han conseguido en Hollywood: filmar en Estados Unidos siendo fiel y consecuente con la temática y estilo de sus anteriores cintas. ¿El resultado? Sueños en Arizona, melancólica y profunda revisión a los ideales rotos con un sorprendente reparto: Johnny Depp, Jerry Lewis, Faye Dunaway, la modelo Paulina Porizkova y las estrellas del cine independiente Lily Taylor y Vincent Gallo. Dos años después, y demostrando que la experiencia hollywoodense no lo había menoscabado artísticamente, Kusturica fue elogiado en su regreso al cine europeo con Underground, lúdica y tragicómica revisión que sirve de metáfora sobre los últimos 50 años de historia de Yugoslavia.
Esta obra no le libró de la polémica, porque su crítica e irónica visión lo llevó a ser acusado consecutivamente por unos de estar a favor de los serbios, y por otros de los croatas. Incluso Kusturica llegó a golpear al líder de la derecha serbia, Nebojsa Pajkic, durante el Festival de cine de Belgrado. Si parece excesivo, basta con recordar que en 1993 el cineasta había retado a un duelo en el centro de Belgrado a Vojislav Seselj, líder del movimiento ultranacionalista serbio; pero el político se excusó de asistir, diciendo que no quería ser acusado de la muerte de un artista.
Sus otros oficios
Todos estos trabajos, que también incluyen incursiones publicitarias, han permitido a los expertos reconocer algunas constantes en su filmografía: el barroquismo visual que muchas veces recuerda a secuencias del cine de Federico Fellini, la permanente mezcla del drama descarnado con la sátira, el humor desaforado, la ironía, la crítica histórico-social al devenir de su convulsionada patria y la recurrente opción por el realismo mágico. Muchos críticos se han quejado de que Kusturica siga estos elementos como una fórmula, y atacaron Gato negro, gato blanco por parecer una mezcla de esta receta, algo ya visto que seduce a los fanáticos pero cansa al resto. Y todo salpicado por el constante homenaje a la música gitana, mezcla de tristeza y festivo jolgorio.
Esa misma música es la que el realizador cultiva en su otra faceta artística, como integrante y fundador de la No smoking orchestra, la banda creada a principios de los 80 con la que se presentará este fin de semana en Viña del Mar y Santiago. Pero la música gitana es sólo una base, ya que el cóctel incluye rock, reggae y otros estilos, mezclados y revisitados en Super 8 stories, el documental que Kusturica rodó sobre la agrupación. Esta producción debutará en salas santiaguinas durante la próxima semana, algo bastante inusitado considerando que recién se está estrenando en Europa en estos días, tras su exitoso paso por festivales de cine.
El inquieto carácter de Kusturica lo ha llevado a desarrollar numerosas facetas. Además de cineasta y músico, también es un notable jugador de fútbol, y ha incursionado con éxito en la actuación: tras aparecer fugazmente en Sueños en Arizona y Underground, el realizador destacó en Pasión de amor, el estilizado drama de Patrice Leconte en el que actuó junto a Juliette Binoche y Daniel Auteuil. Estrenado en Chile el año pasado, el filme mostraba a Kusturica como el rústico y enigmático condenado a muerte al que el personaje de la Binoche se empeñaba en salvar de la guillotina. Tras esta positiva experiencia, el director ya prepara dos nuevos estrenos ante las cámaras: dirigido por Neil Jordan (El juego de las lágrimas, Entrevista con un vampiro), actuará junto a Nick Nolte en Double Down, nueva versión de la película de 1955 Bob le flambeur. Y estará en la película italiana Hermano, de Giovanni Robbiano.
Además de estas incursiones actorales, sus proyectos más inmediatos incluyen el libro El diario de un idiota político, que sin ser una autobiografía, recorrerá en 12 capítulos sus recuerdos y obsesiones personales y artísticas. Lo cinematográfico aún está por verse: mientras un nuevo proyecto en Estados Unidos (White hotel) permanece archivado, al parecer lo próximo será una adaptación de La nariz de Gogol, texto que ya fue musicalizado como ópera por Shostakovich (presentada en Chile hace algunos años por la Opera de Cámara de Moscú). Se trata de una sátira social y política sobre un hombre que un día despierta y descubre que su nariz lo ha abandonado: un tema que en manos de Kusturica puede ser, una vez más, una particular experiencia.