"Señor Nuncio, señores miembros del cuerpo diplomático, señor Cardenal, autoridades religiosas, autoridades civiles, amigos y amigas, chilenos y chilenas:
Es un día para la memoria, para hacernos cargo con madurez de aquel momento de nuestra historia que tanto dolor nos ha causado.
No es este un momento para el análisis. Por el contrario, es un momento para el recogimiento.
Recogimiento en primer lugar ante un acto grande, muy grande: el sacrificio supremo de un Presidente de la República en cumplimiento de su deber ante la legítima investidura que ostentaba. Un acto de total renunciamiento personal, tal cual lo hicieron otros Jefes de Estado en nuestra historia patria.
Recogimiento que surge ante el sacrificio de quienes lo acompañaron, de quienes cayeron ese día y los días que siguieron en nombre de una guerra inexistente.
Es un día de dolor, de ese dolor que entró en el alma de Chile y con el debemos vivir.
También es un momento para la reflexión.
Reflexión de un país donde cada día más ese dolor se convierte en memoria, en memoria de todos los chilenos, en memoria compartida, aunque no necesariamente común, porque es natural que existan versiones diversas de lo acaecido hace 30 años.
Reflexión, eso sí, de un país que manifiesta su voluntad de que ello no debe volver a ocurrir en nuestra historia. Es un día de invocación espiritual amplia y ecuménica, como lo ha expresado este acto aquí en La Moneda.
De reflexión republicana que no excluye ni puede excluir otros actos similares que tienen lugar en otros sitios de nutras capital, en otros sitios de nuestro país, en otros sitios del mundo.
Es también un día de valoración de quienes a partir de esos momentos de dolor y de tragedia encarnaron lo mejor del ser humano, protegieron a los perseguidos, lucharon por los derechos humanos.
Cuántos gestos, cuántas imágenes, cuántos momentos están en nuestra retina grabados para siempre.
Por eso la historia patria recoge con mayúsculas, con letras grandes, aquellos actos de grandeza que le han dado a nuestra historia su sentido más profundo.
Es también un día de reflexión sobre el sentido de ese sacrificio.
Y este sentido no puede ser ni de rencor ni de división.
Las últimas palabras del Presidente Allende no fueron expresiones de cólera, menos de resentimiento. Fueron expresiones que aludieron a un futuro de paz, de bienestar, de justicia social. Por ello permanecieron, por ello hoy tienen sentido tanto para sus partidarios como para sus detractores. Por eso esas palabras están dirigidas a todos los chilenos y todos los chilenos debemos hacerlas nuestras para construir ese futuro.
Este sentido alcanza toda su plenitud en la medida que hace más grande y generosa el alma de Chile, en la media que hace más grande y generosa nuestra Patria.
Y construir ese futuro es nuestro deber y nuestra tarea.
Construir un Chile donde no vuelva a ocurrir jamás lo que hace 30 años ocurrió. Donde jamás los chilenos se vean entre sí como enemigos, donde las diferencias sean parte de la normalidad democrática y no trincheras enfrentadas. Esa es nuestra misión, la de todos nosotros.
Misión que por fortuna, como todos sabemos, está en curso y a la que por lo tanto, no tenemos hoy que dar inicio, sino que tenemos que continuar llevándola adelante.
Lo avanzado en nuestra convivencia no es sólo mérito de quienes hemos ejercido el Gobierno del país en estos años. Es mérito de todos los chilenos y chilenas, de sus trabajadores y de sus emprendedores, del conjunto de las instituciones, de las fuerzas morales, intelectuales y creativas del país, muchos de cuyos representantes están hoy aquí y nos acompañan en este acto.
30 años han pasado desde la tragedia. Chile y el mundo han cambiado enormemente. La mitad de los chilenos que hoy están vivos no habían nacido en ese entonces.
En este día el mundo vuelve sus ojos hacia este lugar, que remeció la conciencia de la humanidad hace 30 años. Pero a la vez podemos hoy mirar al mundo para mostrar un país que está en la senda de la esperanza, de la fraternidad y de la justicia a la que se refirió el Presidente mártir.
Pero también hoy aquí no podemos dejar de recordar ese otro 11 de septiembre, 28 años después, marcado por la intolerancia y el terror. Nuestro respeto y solidaridad al pueblo de los Estados unidos.
Y también hoy, triste es decirlo, nuestro respeto y solidaridad al pueblo sueco, por la pérdida que ayer tuvieron y que hoy todos lamentamos de esa mujer excepcional.
Por eso hoy desde aquí, desde este confín del Sur, queremos hacer un llamado que surge con la convicción más profunda de nuestra propia experiencia. Es posible superar la violencia y el miedo, aceptar la diversidad y encauzar pacíficamente los desacuerdos.
La comunidad internacional puede y debe enfrentar las duras realidades de hoy con similar convicción y dotarse de instituciones renovadas que permitan a todas las civilizaciones, a todas las culturas, a todos los credos convivir en una paz duradera entre las naciones.
En unos días más, al inicio de la primavera, estaremos celebrando 15 años del triunfo que nos puso nuevamente a caminar y a transitar por los caminos de la democracia que abrió paso al Chile de hoy.
A ese Chile que goza de un enorme prestigio en el mundo por su progreso, por el ejercicio de sus libertades, por la solidez de sus instituciones, por la plena integración de sus instituciones militares al orden democrático.
Ese Chile libre que cristaliza en la apertura de las puertas de La Moneda y donde hoy se ha restablecido la tradicional puerta que simboliza nuestro sello republicano.
Hemos avanzado, pero debemos seguir avanzando más en nuestra reconstrucción democrática y en el afianzamiento de las libertades públicas.
Hemos avanzado, pero debemos seguir avanzando más en lograr un país más justo, sin pobreza extrema, con mayor igualdad social.
Hemos avanzado, hemos avanzado mucho, pero debemos seguir avanzando más en una convivencia basada en el respeto, el pluralismo, la tolerancia y la unidad del alma nacional.
Así y sólo así ese sacrificio de hace 30 años cobrará todo su sentido. Sólo así las anchas alamedas finalmente se abrirán para todos los hijos de esta tierra.
Chile con su memoria completa y no fragmentada será cada vez más un país más humano, más unido, más confiado.
Será un Chile mejor.
Será un Chile, como dice la cantata en su coro que acabamos de escuchar, una ciudad yo quisiera/ construida en libertad/ un mundo ancho y abierto/ donde podamos amar.
Muchas gracias".